Presentación

A estas alturas, la estética ha dejado de ser considerada una frivolidad. Ahora se entiende como una función más. Está claro que, aunque pongamos a los demás —o sea, al éxito social— como pretexto, ante quien queremos estar guapos es ante nosotros mismos, de manera que a menudo el asunto tiene que ver más con la autoestima que con el simple capricho.

Si consideramos la estética como una función, podemos concluir que la belleza es salud, y la fealdad, patología, y ya no es necesario que un diente esté enfermo para justificar nuestra intervención como profesionales sanitarios; basta con que sea feo. Pero aquí se plantea un problema: si para dejar más bonito un diente feo, pero por lo demás, sano, hemos de causarle una lesión que antes no tenía, estamos desnudando a un santo para vestir a otro. Cabría preguntarse si está justificado.

Hay que comprender que si se opera una nariz las lesiones causadas por la cirugía reparan solas. La piel, el hueso, el cartílago, son capaces de regenerar y al final la cosa suele quedar como si no hubiera pasado nada. Pero el diente no crece ni regenera. Cualquier porción que eliminemos se pierde para siempre. Por supuesto, se puede restituir, pero hay que hacerlo con un material artificial, ajeno al organismo. No podemos fabricar diente de verdad.

Por eso llevo más de treinta años tratando de incorporar, desarrollar y enseñar las técnicas de restauración menos mutiladoras que ofrece la ciencia dental. Entiendo que el tratamiento ideal es el que es reversible, es decir, el que, si se eliminaran las restauraciones realizadas, dejaría los dientes como estaban antes de empezar, y no peor.

De las tres posibilidades de tratamiento que propone la Odontología Estética —coronas, carillas de porcelana y composites— es evidente que los composites constituyen la solución menos agresiva.

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